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4.4.11

Utopía de un escéptico (Borges y la política)


Borges: un compadrito

Lejos de dogmas y sistemas, Borges prefirió soñar al mundo antes que descifrarlo. Dotado de extraordinaria lucidez se valió de la belleza y del humor para pensar, de allí la deliberada falta de sentido común a la que apeló en reiteradas ocasiones.

Provocador nato, a su modo fue un compadrito, un intelectual que, lejos de sostener posiciones políticamente correctas, hizo de la controversia y la contradicción rasgos constantes en éstas.

¿A que se debió esto? es la pregunta que no pocos se hacen y a la que, generalmente, responden poniendo el acento en el esteticismo borgeano, es decir en la primacía que Borges otorgó a la forma por sobre el contenido. Considero que, aunque verosímil, esta respuesta es incompleta. Borges sostuvo una concepción política que, si bien armonizó con sus estrategias discursivas, se situó más allá de éstas. Sus apelaciones constantes al humor y a la provocación no tenían sólo un fin efectista, había en él una mirada de la realidad -sobre todo de la realidad política- esencialmente escéptica. Esto, sin embargo, no lo transformó en un pesimista o en un reaccionario como muchos creen; antes bien, acentuó en él el “anarco-individualismo pacifista” que su padre le había inculcado.